¡Madre mía, pero si es el chico de los ojos caramelo!
Me pongo roja como un tomate, y no escucho al pobre chico.
- ¿Perdona, que has dicho?
- Serán 1'50 €.
Sin levantar la mirada, busco el dinero y lo dejo en el platito de la barra.
- ¡Espera! Tengo tu paraguas aquí, voy a buscarlo.
¡No puede ser, se acuerda de mí! Seguro que piensa que soy una patosa y una llorica. ¡Que lo piense, me da igual! Me siento en la mesa de enfrente de la barra a esperar. Sale de la cocina con mi paraguas, y viene a dármelo.
- Toma, me lo quedé porque saliste corriendo. Lo siento -baja la cabeza- Pensaba devolvértelo si algún día te volvía a ver.
-Gracias por guardarme el paraguas, y por ayudarme el otro día. Siento que tuvieras que cargar con él -sonrío avergonzada.
-No pasa nada, además, lo usé mientras esperaba que volvieras a recogerlo - me sonrojo de vergüenza- ¿Por cierto, eres de por aquí?
-Sí -miro la hora- y como llegue tarde mis padres me matarán. Gracias por todo...- miro la placa que lleva colgada en el pecho- Víctor.
-Espera! ¿Y tú como te llamas?
Pero no le respondo y salgo corriendo, porque el móvil a empezado a sonar, y eso quiere decir que quieren que vuelva a casa.
Me cae bien este chico.

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